Sobre convivencia con la naturaleza, el futuro del Delta del Paraná y por qué Buenos Aires todavía no entendió lo que tiene al lado.
Como desarrollador inmobiliario nacido y criado en Tigre —y, sobre todo, como amante de la naturaleza— el Delta del Paraná siempre ocupó un lugar especial en mi forma de ver el mundo. Para mí no es solo un accidente geográfico. Es un milagro: un paraíso a pocos minutos de la ciudad que tenemos la fortuna de tener al alcance de la mano.
Y creo, con convicción, que es hora de que Buenos Aires se amigue de verdad con su Delta. Que lo abrace y lo haga parte esencial de su identidad.
El Delta es un sistema vivo, en constante crecimiento, que se renueva día a día con la fuerza de nuestros ríos. Sus humedales no solo son un espectáculo visual, sino que cumplen funciones vitales: regulan el clima, purifican el aire que respiramos y nos protegen de las inundaciones.
Es un tesoro de biodiversidad, hogar de carpinchos, nutrias y una infinidad de aves que nos recuerdan la riqueza natural que nos rodea.
Para mí, vivir en el Delta —o cerca de él— es una lección constante. Es aprender a respetar los ciclos del agua, a convivir con la marea, a entender que somos parte de algo mucho más grande. Es una invitación a la calma, a la observación, a desconectar del ritmo frenético de la ciudad para reconectar con lo esencial.
El Delta es un sistema vivo, en constante crecimiento, que se renueva día a día con la fuerza de nuestros ríos. Sus humedales no solo son un espectáculo visual, sino que cumplen funciones vitales: regulan el clima, purifican el aire que respiramos y nos protegen de las inundaciones.
Es un tesoro de biodiversidad, hogar de carpinchos, nutrias y una infinidad de aves que nos recuerdan la riqueza natural que nos rodea.
Para mí, vivir en el Delta —o cerca de él— es una lección constante. Es aprender a respetar los ciclos del agua, a convivir con la marea, a entender que somos parte de algo mucho más grande. Es una invitación a la calma, a la observación, a desconectar del ritmo frenético de la ciudad para reconectar con lo esencial.
Aquí es donde entra un concepto que me apasiona: las reservas naturales habitables. No se trata de construir en cualquier lugar, ni de imponer nuestra voluntad a la naturaleza. Se trata de diseñar espacios donde la vida humana y el ecosistema
coexistan en perfecta armonía.
Es un nuevo paradigma, donde el desarrollo inmobiliario no es una amenaza, sino una oportunidad para potenciar la conservación.